—No te enamores de un poeta —repitió.
No te enamores de un poeta.
Encontré una vez estas palabras por casualidad, la primera de muchas otras. Al pasar los años, van quedando en el fondo de la despensa, ocultas bajo nuevos tarros, oscurecidas en un segundo plano, enterradas por el polvo. Pero una vez cada x tiempo vuelve el día en el que me harto de ver tantos objetos en la habitación. Asumo que no los voy a usar, y me decido por limpiar.
Es entonces cuando lo miro, extrañada. La curiosidad alrededor de su existencia guía mi mano. Extiendo los dedos y acaricio el cristal, suavemente, como buscando una pista. Me ensucio las manos de partículas del tiempo que no entiendo. Pero nada. Sé que tengo que abrirlo, y las yemas rozan los bordes de la tapa cuando siento el vértigo de la premonición. La emoción que precede a las palabras. Gira. Se abre.
No te enamores de un poeta.
Vuelve. Y lloro.
Lloro por el poeta que anhela el amor y cuestiona el amor. Por cada vez que el descubrimiento viene antes de la despedida. Por la huida que es búsqueda, avergonzada. Porque sostiene el puñal que abre su propia herida, y la del otro. Y no podría ser de otra forma. No querría. No viviría. Porque lo sabe.
Lloro por el que ama al poeta. Porque lo hace con locura. Porque admira sus ojos de melancolía irresoluble. Por no poder, ni querer. Por consentir el dolor necesario para ser musa, y regalarlo. Por la paz junto al caos. Y el caos junto la paz. Porque silencia las advertencias. Y porque, quizá, mañana conozca el desenlace. Y, entonces, lo sepa.
Lloro por el amor. Y no sé por qué lloro por el amor.
No te enamores de un poeta.
¿Y quién soy yo que escribo sin poesía? ¿Qué papel es el de alguien que una y otra vez sostiene el puñal pero consiente el dolor y silencia las advertencias?
Entonces, con las fuerzas que han sobrevivido al desastre natural, levanto el brazo. Temblando logro encajar la tapa y vuelvo a cerrar el tarro. Lo dejo en la estantería. Como dejo todo esos recuerdos desastrados en el cajón de la mesita de noche. Conociendo el procedimiento. Decidiendo cada un de mis pasos. Aceptando su retorno.
Encontré una vez estas palabras por casualidad, la primera de muchas otras. Al pasar los años, van quedando en el fondo de la despensa, ocultas bajo nuevos tarros, oscurecidas en un segundo plano, enterradas por el polvo. Pero una vez cada x tiempo vuelve el día en el que me harto de ver tantos objetos en la habitación. Asumo que no los voy a usar, y me decido por limpiar.
Es entonces cuando lo miro, extrañada. La curiosidad alrededor de su existencia guía mi mano. Extiendo los dedos y acaricio el cristal, suavemente, como buscando una pista. Me ensucio las manos de partículas del tiempo que no entiendo. Pero nada. Sé que tengo que abrirlo, y las yemas rozan los bordes de la tapa cuando siento el vértigo de la premonición. La emoción que precede a las palabras. Gira. Se abre.
No te enamores de un poeta.
Vuelve. Y lloro.
Lloro por el poeta que anhela el amor y cuestiona el amor. Por cada vez que el descubrimiento viene antes de la despedida. Por la huida que es búsqueda, avergonzada. Porque sostiene el puñal que abre su propia herida, y la del otro. Y no podría ser de otra forma. No querría. No viviría. Porque lo sabe.
Lloro por el que ama al poeta. Porque lo hace con locura. Porque admira sus ojos de melancolía irresoluble. Por no poder, ni querer. Por consentir el dolor necesario para ser musa, y regalarlo. Por la paz junto al caos. Y el caos junto la paz. Porque silencia las advertencias. Y porque, quizá, mañana conozca el desenlace. Y, entonces, lo sepa.
Lloro por el amor. Y no sé por qué lloro por el amor.
No te enamores de un poeta.
¿Y quién soy yo que escribo sin poesía? ¿Qué papel es el de alguien que una y otra vez sostiene el puñal pero consiente el dolor y silencia las advertencias?
Entonces, con las fuerzas que han sobrevivido al desastre natural, levanto el brazo. Temblando logro encajar la tapa y vuelvo a cerrar el tarro. Lo dejo en la estantería. Como dejo todo esos recuerdos desastrados en el cajón de la mesita de noche. Conociendo el procedimiento. Decidiendo cada un de mis pasos. Aceptando su retorno.



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