Introducción al cambio

Dejo pasar un mes. Y dos. Y tres.

Como siempre, he estado perdiéndome. En las obligaciones que nadie me pedía. En las dudas que un día eran la causa de mi lucha y al siguiente me hundían en la cama. En las verdades que guardaba en el cajón porque ahora no tenía tiempo, no era el momento. Y, al final, se quedaban ocultas debajo de otros muchos cachivaches que acababan en ese mismo lugar. Inútiles. Olvidadas.

De repente han pasado demasiados meses. Miro y, en realidad, ha sido más de un año. Y otra vez me planteo ¿puedo cambiar? ¿he de cambiar? ¿QUIERO cambiar?

El único problema es que me pierdo en intentar encajar, en adaptarme a una vida que no me pertenece y todo el mundo parece buscar, o incluso en la vida en la que todo el mundo parece buscarme. Soy lo que soy. Cuando entiendo esto y me veo, respiro. Me acepto. No lucho contra nada. Mi reflejo me hace libre y estoy en paz.

A veces se me olvida. De verdad. Pero vienes, reflejo, vuelves. Como un puto fantasma me das un susto de muerte. Vértigos y delirios. Y nos reímos juntos de lo graciosa que estoy disfrazada. Luego te vas, un tiempo. Pero la paz, esa paz vuelve.




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