Mal sentada en el sofá
Es domingo por la noche y tengo mucho trabajo acumulado de la semana anterior. De la otra también. Y de todas las que he podido procastinar hasta ahora y que seguiré acumulando hasta que no pueda disimular más. Me autocastigo porque la lógica me dice que debería hacer caso a la programación perfecta de mi agenda, que quizá así sería más feliz. Me llamo vaga, siento náuseas y me cuesta moverme del sofá. Me cuesta incluso sentarme mejor para que deje de dolerme la espalda. Debería luchar contra ello, me repito. Sé que luego duele demasiado (y no me refiero a la espalda). Pero lo que realmente me apetece en este domingo noche es salir a la calle, dar un paseo y sentarme a oscuras a escribir. Pensar. Saber que el malestar se esconde en esas páginas de mi agenda perfecta. Que tengo que llenarlas día a día con palabras que me recuerdan que el futuro estará completamente repleto de tareas que mentiré para comer y dormir bajo un techo. Y las llenaré, tanto que no habrá espacio para vivir entre tanto sobrevivir.
Lo que es realmente absurdo de todo esto es que sé exactamente cuáles son las páginas que quiero llenar. Y lo que quiero es dedicar cada instante de mi vida a las historias y salir a la calle, al pequeño pueblo de al lado o a la lejanía de la ciudad que me ayudara a contároslas mientras imagino vuestra conmoción al leerlas. También me gustaría dároslas a escuchar en algunos momentos más íntimos. Quiero compartir escribiendo, cantando y charlando.
Pero aquí estoy, sin haber salido a la calle por miedo a que me roben o me persigan desconocidos. Mal sentada en el sofá. Ocupando otras páginas con otros textos que mañana me harán revisar el correo, acabar dos tareas pendientes desde hace tres semanas, hacer unas llamadas y rellenar de nuevo los pocos huecos que quedan en los días siguientes.
Luego dirán que eso es la vida.
Y que soy una exagerada.
Lo que es realmente absurdo de todo esto es que sé exactamente cuáles son las páginas que quiero llenar. Y lo que quiero es dedicar cada instante de mi vida a las historias y salir a la calle, al pequeño pueblo de al lado o a la lejanía de la ciudad que me ayudara a contároslas mientras imagino vuestra conmoción al leerlas. También me gustaría dároslas a escuchar en algunos momentos más íntimos. Quiero compartir escribiendo, cantando y charlando.
Pero aquí estoy, sin haber salido a la calle por miedo a que me roben o me persigan desconocidos. Mal sentada en el sofá. Ocupando otras páginas con otros textos que mañana me harán revisar el correo, acabar dos tareas pendientes desde hace tres semanas, hacer unas llamadas y rellenar de nuevo los pocos huecos que quedan en los días siguientes.
Luego dirán que eso es la vida.
Y que soy una exagerada.



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