Cuando chocamos


El primer día que chocamos, y lo hicimos con fuerza, no fue nuestro momento. El recuerdo está intacto, y eso que era la época de los SMS y las llamadas perdidas hasta altas horas de la madrugada. Ese pequeño aparato indestructible que te sacudía el alma en mitad de la noche con un politono cutre comprado a través de un anuncio en una revista para adolescentes, pero que para una misma era el mejor tono del mercado.

No. Tú viniste y yo hui. Quizá habría sido el mejor momento para quedarse, pero me asusté tanto de ver mi reflejo en otros ojos que, simplemente, me di la vuelta.

Tengo que admitir que lo llevé peor de lo que esperaba, pues aunque de espaldas los ojos no conocen lo que hay detrás, la intuición sabe que sigue ahí. Y día tras día, hora tras hora, la intuición añade un pálpito mientras comes, otro pálpito mientras paseas, otro mientras te duchas, uno enorme mientras duermes. Cada pálpito sumó emociones que nunca quise ligar más que con el miedo. Y por miedo evité girarme y ver lo que había dejado detrás de mí. Durante años.

El segundo día que chocamos fue cuando, harta de mi vida, decidí cambiarlo todo. En verdad esa vez solo nos rozamos. Otro pálpito. Al principio, porque luego giramos una esquina y, sin querer, nos dimos tal golpe que casi nos matamos. Entonces tú viniste, yo me acerqué. El reflejo, ese reflejo en los ojos que eran tuyos y eran míos. Pero como un animal que poco conoce al ser humano, al extender tus dedos y rozar los míos me asusté y volví a huir. Y qué miedo, qué terror, y qué soledad. Qué soledad, después.

Pero ahora no quería darme la vuelta, tampoco podía. Tenía muchas preguntas, pero una me obsesionaba. ¿De quién eran los ojos que yo veía en el espejo? Te observaba desde los árboles, escondida, y miraba tus ojos por si eran los míos. La verdad es que soy miope, así que nunca supe si en realidad lo eran, si me habías visto tras los troncos, ásperos, o si había conseguido mimetizarme con el ambiente.

Intuyo que mi ceguera y yo no pasamos desapercibidas, porque cuando nos chocamos el tercer día yo estaba caminando hacia ti de lleno. Y ese momento, tenías razón, ese momento habría sido “el momento”. En cierto modo, estaba siendo “el momento”. Yo vine, tú viniste, yo me quedé, tú te quedaste. Nos quedamos hasta que yo huí. Sin aviso corrí lejos a encontrarme, porque tus ojos y los míos no eran diferentes. Eso era lo que pasaba. ¿Cómo pueden dos seres diferentes tener exactamente los mismos ojos? Aquí ya no hubo terror, solo locura. Hice un extraño viaje a través de las emociones más extremas que había experimentado en mi vida. Y allí, en todas ellas me empecé a ver.

Entonces llegó el cuarto día. Caminé con paso seguro hacia ti, miré a tus (nuestros) ojos. No chocamos, sino que nos dimos un guantazo cada uno para recordarnos nuestro lugar y, de paso, aprovechar para hacernos saber la rabia que da tanto ir, venir y huir. Ahora que nos miramos a los ojos no sabemos exactamente qué es lo que se hace cuando no se huye, ni se va, ni se viene. Simplemente estamos. Y esperamos no girar una esquina sin mirar por si, por despiste, chocamos.



Comentarios